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Notas de Ensayos colectivos

Seis semanas en la costanera: el ensayo colectivo de Marcela

Paulina Muñoz Araya

6 min de lectura

Marcela llegó con una cámara prestada y una idea vaga. Contamos cómo fue su paso por un ensayo colectivo sobre la costanera de Valdivia, semana a semana.

Seis semanas en la costanera: el ensayo colectivo de Marcela

Una cámara prestada y poca seguridad

Marcela se acercó a uno de nuestros encuentros de primavera con una cámara que le había prestado su hermano y una frase que repitió varias veces: no sé si lo mío sirve para esto. Tiene cincuenta y tantos años, trabaja en una oficina de la ciudad y siempre había fotografiado cumpleaños y paseos familiares. Lo que la trajo fue la curiosidad por mirar con más atención un lugar que cruza todos los días camino al trabajo.

Le expliqué cómo funciona un ensayo colectivo: varias personas retratan un mismo lugar durante algunas semanas, cada una con su mirada, y al final se reúnen las fotografías para ver qué cuenta el conjunto. No se exige equipo especial ni experiencia previa. Lo que se pide es constancia, respeto por quienes aparecen en las imágenes y disposición para escuchar los comentarios de los demás.

Ella escuchó en silencio, anotó dos o tres cosas en una libreta y dijo que probaría la primera semana. Esa libreta, con sus preguntas de principiante, terminó siendo parte importante de su proceso.

Elegir el lugar: la costanera de Valdivia

El grupo de ese ensayo decidió trabajar sobre la costanera, un tramo que parece conocido por todos y que, sin embargo, casi nadie había mirado despacio. Hay pescadores, vendedores de la feria, gente que pasea a sus perros, familias que llegan los domingos y personas mayores que se sientan siempre en la misma banca. Cada participante escogió un horario distinto para no repetir el mismo ángulo de siempre.

Marcela eligió las primeras horas de la mañana, antes de entrar a su trabajo. Era un horario incómodo, con frío y luz todavía baja, pero descubrió que a esa hora el lugar tenía otro ritmo, más tranquilo y más conversado. Los comerciantes armaban sus puestos y se saludaban por el nombre.

Acordamos entre todos algunas reglas simples: saludar antes de fotografiar, explicar para qué son las imágenes, mostrar la pantalla si alguien lo pide y borrar la foto cuando la persona no quiere aparecer. Esas normas sostienen el trabajo y le dan confianza a la gente del barrio.

  • Saludar y conversar antes de levantar la cámara
  • Explicar con claridad para qué se usarán las fotografías
  • Aceptar un no sin insistir ni discutir

Las primeras semanas: mirar sin apuro

Durante las dos primeras semanas Marcela volvió con fotografías correctas pero parecidas entre sí: la barandilla, el río, los botes amarrados. Cuando las vimos en el círculo, nadie le dijo que estuvieran mal. Alguien le preguntó, con cariño, quién era la persona que vendía el pescado en el puesto de la esquina, y ella se dio cuenta de que no lo sabía.

Esa pregunta cambió su manera de trabajar. La semana siguiente llegó más temprano, compró algo en el puesto y se quedó conversando un rato antes de sacar la cámara. Supo que don Ernesto, como lo llamaba ella, llevaba más de treinta años en el mismo lugar y que sus hijos ya no querían seguir con el negocio.

Las fotografías de esa semana tenían manos, gestos, el vapor de un termo, una mirada que se dirigía a la cámara sin incomodidad. No eran más perfectas desde lo técnico, pero tenían algo que las anteriores no mostraban: una relación entre quien fotografía y quien es fotografiado.

El círculo de comentarios y la edición

Cada dos semanas nos reuníamos para ver las imágenes impresas sobre una mesa larga. Es un momento que muchas personas temen al comienzo, porque exponerse ante otros da pudor. Por eso cuidamos la forma de comentar: se empieza por lo que funciona, luego se plantea una pregunta y recién después se sugiere algo. Nadie corrige a nadie; se conversa sobre lo que cada imagen deja ver.

Marcela llevó veinticuatro fotografías a la tercera reunión y salió con seis seleccionadas. Aprendió a distinguir entre una imagen que le gustaba por el recuerdo y una que contaba algo al resto. Le costó dejar fuera un atardecer que le parecía hermoso, pero entendió que repetía lo que otros ya habían mostrado.

También escribió un breve texto para acompañar su serie, con la ayuda de Sergio Valdés, nuestro editor de relatos. Un buen pie de foto, le explicó él, dice algo que la imagen sola no puede decir: un nombre, un oficio, una circunstancia.

  • Empezar comentando lo que funciona en cada imagen
  • Elegir pocas fotografías y justificar cada una
  • Escribir pies de foto con datos concretos y verificables

Lo que cambió en su manera de fotografiar

Al terminar las seis semanas, Marcela reconoció que ya no cruzaba la costanera igual. Notaba quién estaba en cada banca, qué puesto abría primero, cómo cambiaba la luz sobre el agua según la hora. Dijo que había dejado de tener prisa, y que esa calma se le notaba también en la oficina.

Su serie final reunió siete fotografías: don Ernesto armando su puesto, dos niños mirando los botes, una pareja mayor compartiendo un termo, las redes secándose al sol. Ninguna era espectacular y todas eran honestas. Cuando el grupo las vio juntas con las del resto, apareció un retrato coral de la costanera que nadie habría logrado trabajando solo.

Ese es el sentido de un ensayo colectivo: cada mirada es pequeña, pero el conjunto permite ver un lugar con una profundidad que una persona sola difícilmente alcanza en tan pocas semanas.

Qué recomendaría ella a quien quiera probar

Le pedí a Marcela que dijera con sus palabras qué le diría a alguien que duda, como dudó ella. Habló de tres cosas: que no hace falta una cámara cara, que conviene elegir un lugar que se pueda visitar con facilidad varias veces, y que lo más difícil es volver cuando las primeras fotos no convencen. Esa insistencia, aseguró, es lo que realmente enseña.

También mencionó algo que no esperaba: la compañía. Trabajar con otras personas que comparten el mismo tema la hizo sentirse acompañada, y los comentarios de los demás le abrieron ojos que ella sola no tenía. Hoy sigue yendo a la costanera algunas mañanas, con su cámara, y a veces se encuentra con alguien del grupo.

Si usted piensa en participar en un próximo ensayo, puede escribirnos por la página de contacto y le contaremos cómo se organiza el siguiente, con qué lugar y en qué fechas.

  • Una cámara sencilla alcanza para empezar
  • Elegir un lugar al que se pueda volver seguido
  • Volver aunque las primeras fotos no convenzan

El caso de Marcela muestra que un ensayo colectivo no pide talento previo, sino atención y constancia. En seis semanas pasó de fotografiar lo evidente a conocer por nombre a quienes trabajan en la costanera, y su serie encontró lugar dentro de un relato mayor. Eso es lo que buscamos cada vez: mirar un lugar entre varios, con respeto, y descubrir en el conjunto algo que ninguno había visto por separado.

Quién escribe

Paulina Muñoz Araya

Guía de talleres

Docente de fotografía que conduce los talleres de retrato y las revisiones de portafolio.